
Iconografía y atributos
Iconografía de la Imagen
La Santísima Virgen aparece de pie, solemne, con expresión seria, coronada y con el cetro como reina de los cielos. La cara se perfila con un rostrillo de orfebrería, encajes, perlas y piedras preciosas y, siguiendo la visión de San Juan en el Apocalipsis, alzada sobre medialuna y rodeada de estrellas, como vestida de sol (Ap. 12, 1). Viste con saya y manto, ambos colocados de forma triangular, según la moda de los Austrias.

Por su parte, la imagen del Niño Jesús se muestra más dulce, con rostro sonriente y un animado y dinámico movimiento de brazos, como queriendo jugar con la Madre, buscando una impresión de mayor ternura.
Atributos de la Imagen
La imagen porta varios atributos: una medialuna a los pies, la corona sobre la cabeza, un cetro en la mano derecha.
La medialuna deriva de la visión apocalíptica de San Juan, cuando describe que vio en el cielo …una mujer cubierta de sol y la luna debajo de sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas (Apocalipsis 12: 1); visión que fue interpretada por los padres de la Iglesia como una personificación de María.
La luna se la representa en cuarto creciente, con las puntas hacia arriba, haciendo referencia a su papel mediador e intercesor entre Dios y los hombres, pues, al igual que la luna refleja la luz del sol, María es reflejo de la luz de Dios.
Por otra parte, la corona y el cetro son atributos de su condición regia, de su título como Reina de los Cielos y de todo lo creado.

Igualmente, forman también parte de su habitual imagen las flores, bien prendidas o labradas en su indumentaria y en sus representaciones cierta profusión de joyas sobre su pecho, manos y rostro, aportando esplendor y magnificencia a su imagen, a la vez, que testimonian su gran santidad y veneración.
Desde tiempo inmemorial, y por diversas litografías conservadas, podemos observar que el Divino Niño ha portado en sus manos «el borrego», o Cordero, símbolo de Jesús inmolado señalándose así mismo como «El buen pastor». La frase «Yo soy el buen pastor» es una cita bíblica del Evangelio de San Juan (Juan 10:11-16) donde Jesús se describe a sí mismo. En este pasaje, Jesús explica que él es el buen pastor porque da su vida por sus ovejas (los creyentes) por amor a ellas. A diferencia del pastor asalariado que huye ante el peligro, el buen pastor conoce y protege a su rebaño. María nos lo entrega como el agua viva de la Fuente.
La Virgen de la Fuensanta nos muestra, en su iconografía, un profundo mensaje de fe y de esperanza. Ella aparece ofreciendo a su Hijo, el Niño Jesús, que sostiene en sus manos un cordero, símbolo claro del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29).
Ese gesto maternal nos invita a contemplar a María como la Fuente santa y viva de la que brota la Salvación. En su seno virginal, por obra del Espíritu Santo, nació Cristo, fuente de agua viva (Jn 4,14) que sacia para siempre la sed del corazón humano. Así, la Virgen de la Fuensanta no solo es Madre, sino también manantial espiritual, por medio del cual Dios nos regala al Salvador.
Al ofrecer al Niño con el cordero, María nos entrega el misterio de la Redención: el Amor que se ofrece, el sacrificio que da vida, la misericordia que brota como agua pura. De su fuente —Cristo— mana la gracia que limpia, renueva y fortalece.
Por eso, acudir a la Virgen de la Fuensanta es acercarse a la Fuente de la Vida, a la Madre que nos conduce a su Hijo. Ella, llena de ternura, nos invita a beber del manantial del Evangelio, a acoger a Jesús, el verdadero Cordero pascual, y a dejar que su amor redima y transforme nuestra existencia.


Primitiva imagen
La antigua imagen de la Virgen de la Fuensanta fue labrada en madera de sauce, representando una figura femenina erguida, vestida con túnica y manto. Se trataba de una escultura de talla completa, de unos 61 cm. de altura, que mostraba a la Virgen María de pie, sosteniendo en su brazo izquierdo al Niño Jesús, mientras que en la mano derecha —según se deduce por sus rasgos morfológicos— portaría posiblemente un cetro o una manzana, símbolos tradicionales de la realeza y maternidad de María. Aún conserva importantes restos de policromía: la túnica roja, tachonada de estrellas amarillas, y el manto azul, aplicada al temple con colores planos y muy vivos. La parte posterior se encuentra ahuecada para aligerarla de peso y cerrada mediante una simple tapa plana, lo que indicaría que dicha imagen estuvo colocada de manera permanente en un retablo u
hornacina, con un único punto de vista frontal.
Esta imagen primitiva de origen medieval fue objeto, siglos más tarde, de una profunda transformación siguiendo las modas artísticas del Barroco, que buscaban dotar de mayor naturalismo y ternura a las figuras sagradas. En el transcurso de un siglo —entre los años finales del siglo XVII y mediados del XVIII—, se le incorporaron nuevas tallas de cabeza, manos y Niño Jesús, configurando así la actual impronta con que veneramos a la Santísima Virgen de la Fuensanta, estando esa primitiva imagen oculta bajo las ropas.
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