
Historia
La Virgen de la Fuensanta de Alcaudete es una de las grandes devociones marianas de Andalucía oriental, cuyo culto se remonta a la Baja Edad Media, tras finalizar el proceso de Reconquista de la comarca por las huestes cristianas.
Existen fuentes documentales que acreditan el culto a la Virgen de la Fuensanta en Alcaudete desde el año 1511 cuando, con motivo del Sínodo Diocesano de Jaén, se cita su ermita a las afueras de la población. No obstante, la pérdida de los archivos históricos de la Cofradía durante la ocupación francesa, junto a los desmanes posteriores de la Guerra Civil Española, nos privan de una importantísima documentación para reconstruir la historia de la imagen y cofradía.
Se encuentran referencias a esta advocación a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, en relación con distintos auxilios o socorros que, mediante su intercesión, recibieron los vecinos de Alcaudete; quienes, a su vez, le profesaron una especial devoción, promoviendo solemnes funciones de culto, sacando la imagen en suntuosas procesiones o mediante la fundación de distintas capellanías de misas para su mayor gloria.
El santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta de Alcaudete aparece como uno de los lugares más destacados de culto mariano en la provincia de Jaén.

La Virgen de la Fuensanta, patrona y alcaldesa perpetua de la localidad jiennense de Alcaudete, es venerada en esta población desde los años mismos de la reconquista cristiana. El comienzo de su devoción se asocia a un milagro, transmitido por tradición oral, ocurrido a las afueras de la villa durante los enfrentamientos militares.
Allí, en aquel lugar del prodigio, se erigió, una vez pacificada definitivamente la comarca, una ermita en su honor, donde recibirá culto por los cristianos de Alcaudete a lo largo de los siglos.
Primitiva Imagen
La actual imagen de Nuestra Señora de la Fuensanta es una notable escultura barroca del siglo XVII; no obstante, la devoción a esta advocación en Alcaudete se remonta a la Baja Edad Media, vinculada al periodo de la Reconquista, y, por lo tanto, ya debía existir desde entonces otra imagen más antigua.
Con la renovación en el reinado de los Austrias, en 1516, supuso una renovación del gusto en la Corte, que tuvo que adaptarse a las tendencias estilísticas flamencas del momento. Lo cual, alcanzó al mundo de las artes plásticas, traduciéndose en la “actualización” de muchas imágenes de devoción de origen medieval. En concreto, algunas esculturas marianas, de tradición románica o gótica, fueron remozadas en estos momentos, dotándolas de mayores dimensiones y vistiéndolas con ricas telas bordadas a la moda renacentista. Esta transformación afectó a gran parte de las esculturas marianas andaluzas del momento.
Este debió ser el caso de la Virgen de la Fuensanta de Alcaudete que, en torno al primer tercio del siglo XVI, fue completamente renovada. En este momento tuvieron que labrarse las actuales manos de la Virgen, realizadas en madera de pino de Flandes, como en otros muchos casos similares, presentan todos los dedos en paralelo.
La antigua imagen de la Virgen de la Fuensanta fue labrada en madera de sauce, representando una figura femenina erguida, vestida con túnica y manto. Se trataba de una escultura de talla completa, de unos 61 cm. de altura, que mostraba a la Virgen María de pie, sosteniendo en su brazo izquierdo al Niño Jesús, mientras que en la mano derecha —según se deduce por sus rasgos morfológicos— portaría posiblemente un cetro o una manzana, símbolos tradicionales de la realeza y maternidad de María. Aún conserva importantes restos de policromía: la túnica roja, tachonada de estrellas amarillas, y el manto azul, aplicada al temple con colores planos y muy vivos. La parte posterior se encuentra ahuecada para aligerarla de peso y cerrada mediante una simple tapa plana, lo que indicaría que dicha imagen estuvo colocada de manera permanente en un retablo u
hornacina, con un único punto de vista frontal.
Esta imagen primitiva de origen medieval fue objeto, siglos más tarde, de una profunda transformación siguiendo las modas artísticas del Barroco, que buscaban dotar de mayor naturalismo y ternura a las figuras sagradas. En el transcurso de un siglo —entre los años finales del siglo XVII y mediados del XVIII—, se le incorporaron nuevas tallas de cabeza, manos y Niño Jesús, configurando así la actual impronta con que veneramos a la Santísima Virgen de la Fuensanta, estando esa primitiva imagen oculta bajo las ropas.
Según los estudios realizados por la Universidad de Sevilla, bajo la dirección del profesor D. José María Sánchez-Cortegana, la primitiva talla medieval fue mutilada y adaptada para convertirse en una imagen de vestir, práctica común en la época, especialmente en aquellas advocaciones que gozaban de una devoción arraigada y popular.
De aquel primer simulacro mariano nada resulta visible hoy, pues permanece oculto y sellado con reverente respeto bajo las vestiduras de la Virgen actual. En su interior se conserva, sin embargo, este precioso testimonio de los orígenes cristianos de Alcaudete, remontándose a los tiempos de la Reconquista, precisamente al marco histórico en el que la tradición sitúa la aparición milagrosa de la Virgen de la Fuensanta al soldado cristiano.
A la luz de los recientes estudios sobre la imagen de la Santísima Virgen de la Fuensanta, que permiten situar su origen y evolución artística, resulta posible esbozar una hipótesis histórica y devocional acerca del nacimiento de su culto en Alcaudete.
La ubicación de su primitivo lugar de veneración, muy próxima al enclave donde aún hoy se levanta la Cruz del Humilladero, unida al contenido simbólico de la leyenda del soldado, transmitida de generación en generación, aporta valiosos indicios que podrían entrelazarse con los datos documentales y las tradiciones orales conservadas a lo largo de los siglos.
El escritor e investigador D. Antonio Rivas Morales, en su obra “Alcaudete. Leyendas, Cancionero y Aspectos Literarios”, recoge este episodio con un tono poético que ilumina, de manera indirecta, el contexto histórico de su origen. Nos ayuda a entender que un ejército musulmán difícilmente habría permitido la existencia de un lugar de culto cristiano en la zona donde se asentó para asediar Alcaudete, lo que nos sugiere que el surgimiento de una devoción mariana debió producirse en un momento posterior de victoria o liberación, vivido por los cristianos con especial fervor.
Las continuas escaramuzas fronterizas durante este asedio, y ocurrido alrededor de la Cruz del Humilladero en 1.408, heroicas y sangrientas a la vez, habrían podido dar origen a un acto de acción de gracias a la Virgen María, interpretado como signo de su protección sobre el pueblo y sus defensores. Este contexto bélico y espiritual explicaría también el simbolismo de la leyenda del soldado, en la que, según recoge el propio Rivas, el combatiente «besa un relicario» (variante de la leyenda, según Rivas). Lo cierto es que, la primera referencia escrita a la existencia de una ermita «de la Fuente-Sancta» en el lugar es de 1.511, apenas cien años más tarde, una vez asentado por completo el cristianismo, existe una ermita extramuros de Alcaudete, que difícilmente habría permanecido en pie en un lugar donde se desdibujaba la línea de la frontera entre los Reinos de Castilla y Granada.
Ese llamado «relicario» enlaza con la existencia de las llamadas “imágenes fernandinas” o “Vírgenes de batalla”, pequeñas efigies o estandartes que los caballeros y señores portaban consigo en campañas militares como signo de fe y amparo celestial. Es, por tanto, verosímil pensar que la devoción a la Virgen de la Fuensanta naciera en un contexto semejante: como manifestación de gratitud mariana por la protección recibida, y que su culto, con el tiempo, arraigara profundamente en el corazón del pueblo de Alcaudete, hasta convertirse en el emblema espiritual que hoy veneramos con la misma fuerza y vehemencia de nuestros antepasados. La leyenda del soldado, cierta o no, ha sido durante generaciones el vehículo para contar la historia y origen de por qué Alcaudete se rinde a la Virgen de la Fuensanta.
Ciertamente, la datación estilística de esa primitiva imagen conservada y los estudios sobre la madera podrían hacer pensar que sí que se trata de una de esas imágenes medievales que el rey Santo fue dejando por todas las poblaciones que incorporaba a la cristiandad.
No podemos afirmarlo con absoluta certeza, pero su presencia dentro de la actual
imagen de la Virgen, y estas hipótesis, establecen una estrecha vinculación que dan sentido histórico al origen devocional, más allá del espiritual, al igual que ocurre con grandes devociones españolas a la Virgen María.
Intervenciones barrocas
En el siglo XVII la imagen de la Virgen fue de nuevo remozada, en esta ocasión, para adaptarla a los postulados estéticos de la imaginería barroca andaluza.
En este siglo dos importantes actuaciones, aunque correspondientes a dos momentos distintos: primero, la renovación de la cabeza de la Virgen, en torno a las primeras décadas del siglo XVII y, posteriormente, el reemplazo del Niño ya a finales de dicha centuria o principios del XVIII; únicos elementos visibles que aún quedaban de la antigua imagen medieval.
Pasados unos años, ya a finales del siglo XVII o principios del siglo XVIII, se decidió renovar también la imagen del Niño Jesús, quizás aún el original de época medieval, desplazándolo desde su posición frontal, delante del pecho de la Madre, a uno de sus brazos. No hay documentación que acredite su autoría, pero sus rasgos estilísticos permiten relacionarla con la producción del escultor granadino José Risueño, ya que estas características se repiten en otras obras de este mismo autor.
Así, a comienzos del siglo XVIII, la imagen de la Virgen de la Fuensanta quedó configurada tal y como nos ha llegado a la actualidad, como aparece en todas las reproducciones sobre cualquier soporte –pintura, grabados, fotografías, etc.- conservadas.
LAS RESTAURACIONES DE LOS SIGLOS XIX Y XX.
Nuevo candelero (1875)
En el año 1875 la escultura de la Virgen fue objeto de una primera actuación donde, al parecer, se le renovó el candelero. Desconocemos quién fue el autor de este trabajo, ni su alcance completo o coste económico.
Cristóbal López Romero (1980 – 1990)
En 1980 se contempló la necesidad de someter la escultura del Niño a una restauración integral que mejorase su aspecto general y garantizase su plena conservación. Su frecuente manipulación para los cultos, los besapiés y besamanos o las sacudidas en las salidas procesionales, exigían una consolidación de su estructura y una renovación de su policromía, muy desgastada tras dos siglos de uso.
Para garantizar una actuación científica y de plenas garantías, se contactó con Cristóbal López Romero, técnico del Instituto de Conservación y Restauración de Obras de Arte de Madrid, formado en el taller de los Cruz Solís.
Se consolidó el embón de la escultura, se cubrieron las fisuras superficiales provocadas por el movimiento de los ensambles y se renovó la policromía, eliminando la suciedad acumulada y vitalizando los colores.
En el verano de 1990, el citado Cristóbal López, de nuevo a instancias de la cofradía, dictaminó la necesidad de refrescar la encarnadura del rostro de la Virgen, ennegrecida por el humo de las velas y desgastada a ambos lados de las mejillas por rozaduras puntuales provocadas por los zarcillos.
La junta directiva de la cofradía, el 6 de diciembre de 1991, decidió acometer la citada intervención, comisionando a su presidente don Francisco Arrabal Serrano y a don Francisco Ruiz para que se encargasen de las gestiones necesarias para su consecución.
La intervención se realizó en las dependencias de la propia ermita, ante los inconvenientes derivados de trasladar la imagen a Madrid para lo que se consideraba una actuación menor; en segundo lugar, practicarla a mediados del mes de diciembre en curso, para que estuviera lista para el día de la Natividad, uno de los más importante del ciclo anual de cultos.
Se procedió a la restauración entre los días 9 y 21 de diciembre de 1991 en las propias dependencias de la ermita, ofreciéndose don Francisco García Rueda a correr con todos los gastos del proceso.

José Luís Ojeda Navío (2007)
En el año 2007 José Luis Ojeda Navío, licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Granada, en las especialidades de Restauración Pictórica y Escultórica, de nuevo intervino el grupo de la Virgen y el Niño.
El informe previo a la intervención, redactado tras una primera inspección ocular, contenía una descripción minuciosa de las afecciones que presentaban ambas figuras.
Por otra parte, se adjuntaría un estudio de las condiciones de conservación más idóneas para el grupo escultórico en su camarín, mediante la evaluación de humedades, iluminación, ventilación, etc.
Se procedió al análisis del soporte para determinar su naturaleza y homogeneidad en toda la obra; análisis estratigráfico para determinar el número de capas y naturaleza de las encarnaduras; examen de luz ultravioleta para localizar los repintes y su extensión; test de solubilidad, para comprobar si la obra admitía tratamientos acuosos; test de limpieza para establecer los disolventes a utilizar y examen radiográfico para desvelar la estructura interna y localización de ataque de xilófagos, elementos metálicos, etc.
Se previó como tiempo de ejecución 5 meses, para lo cual habría que trasladar la imagen a su taller en Andújar.
A pesar del rigor del informe y de la declaración de intenciones, la intervención no se ajustó con rigor a lo inicialmente previsto.
En relación al nuevo cuerpo de la Virgen, éste resultó de medidas “poco idóneas”, con unos brazos excesivamente alargados y un torso desproporcionado, al decidir mantener dentro del candelero los restos de la primitiva imagen gótica. Lejos de mejorar el aspecto general de la Virgen (el habitual desde inicios del siglo XIX), alteró por completo su fisonomía, lo que se tradujo en una sensación, cuanto menos, de extrañeza en su reconocimiento por parte de sus fieles devotos.
En el caso del Niño, también renovó su policromía con un cromatismo gris verdoso, sin aplicar una nueva base lijada y bien pulida, con lo cual no sólo desvirtuó su visión y expresión original, sino que además quedaron ciertas zonas rugosas muy antiestéticas. Finalmente, también le repuso el dedo índice de la mano derecha, que había perdido, modelándolo con pasta de madera, aunque sin darle concreciones anatómicas y colocándolo en una posición anómala.
Guillermo Martínez Salazar (2015)
En el 2015, para deshacer el desaguisado en la imagen del Niño, la cofradía contactó con Guillermo Martínez Salazar, profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla.
La intervención comenzó por la eliminación mecánica del repinte y de las distintas capas de barniz dados por Ojeda hasta alcanzar –en algunos sectores muy puntuales- la policromía original de finales del siglo XVII o principios del XVIII. A partir de aquí, consolidó los pocos restos de color originales conservados y repuso al óleo, de la forma más mimética posible y siempre con técnicas reversibles, la policromía de las zonas perdidas.
El Niño recobró su aspecto original: las mejillas ligeramente sonrosadas, el fino perfilado de los labios y el delicado peleteado de las cejas y el cabello; todo embutido y perdido por los citados repintes.
Talló de nuevo el dedo índice para la mano derecha y se recolocó en su posición correcta, ganando la mano en expresividad y delicadeza. Finalmente, también corrigió otras patologías menores como, por ejemplo, el deterioro que presentaba el sistema de sujeción de las potencias de plata.
Este proyecto, fue financiado, en su totalidad, por el Excmo. Ayuntamiento de Alcaudete.

Miguel Ángel Morrondo (2017)
La última restauración practicada a la escultura de la Virgen fue realizada por Miguel Ángel Morrondo Gómez, licenciado en Bellas Artes, en la especialidad de Conservación y Restauración, por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla. Esta actuación, llevada a cabo entre diciembre de 2016 y marzo de 2017, quedó inscrita en el marco de un proyecto de investigación dirigido por el doctor Guillermo Martínez Salazar.
Trasladada la Virgen a Sevilla, la intervención contó con el asesoramiento de un equipo multidisciplinar formado por historiadores, biólogos, químicos y escultores, junto a diferentes técnicos especialistas, que hicieron un exhaustivo seguimiento antes y durante todo el proceso.
El proceso, que se prolongó durante cuatro meses, se desarrolló en dos momentos consecutivos: En primer lugar, los diagnósticos y análisis previos -estudios radiológicos, de fotografía ultravioleta, mapeado de daños y toma de muestras; y, en segundo lugar, la intervención propiamente dicha, regida por la idea de devolver la imagen al estado más próximo a su concepción original, renovándose completamente su estructura interna y devolviéndole a su rostro y manos su policromía primigenia.



